Ciertamente, el amor se alza como el más inefable de los misterios, un abismo insondable que rehúsa cualquier corsé definitorio. ¿Quién osaría encerrarlo en meras palabras, cuando es a través de la piel, del aliento, del eco de cada latido, que creemos asirlo? Cada alma, en su peregrinar por las incontables existencias y las mutables etapas de este viaje terrestre, teje su propia cosmogonía del sentimiento, un tapiz singular urdido con hilos de memoria, éxtasis y desgarro. Así, la pretensión de erigir un dogma o concertar una definición universal sobre su esencia se desvanece, pues el amor no es un concepto a debatir, sino una vivencia a ser.
Esta fuerza primigenia no se limita a rozar la periferia de nuestra existencia, sino que es el escultor invisible que, instante a instante, cincela el mármol de nuestro ser. Es una corriente vital que irriga cada fibra, un aliento cósmico que insufla y redefine la forma misma de nuestra realidad. El amor es, en su expresión más pura y enigmática, una entidad soberana, una voluntad autónoma que pulsa desde el corazón del universo, ajena a nuestras vanas categorizaciones, pero intrínsecamente ligada al nudo gordiano de nuestra presencia en el mundo.
Como un viajero astral, el amor emerge sin previo aviso de las constelaciones del azar, una sombra errante o una luz fulgurante, buscando morada en el templo frágil del corazón humano. Se hospeda, a veces, por apenas un suspiro, un instante efímero que deja una estela de eternidad; otras, se anida por siglos, prometiendo un arraigo perpetuo. Y con la misma presteza con la que irrumpe, puede desvanecerse, sin rúbrica ni despedida, como el viento que abandona una rama, dejando tras de sí el eco de un vacío que antes fue plenitud.
El amor, en su nomadismo existencial, vaga por los senderos del tiempo, en espera de una morada digna de su magnitud. Cuando la encuentra, no solo la habita, sino que la transforma, la enloquece con una embriaguez sagrada, la eleva a cumbres de delirio y la sumerge en abismos de pasión. Mas, si el santuario elegido no lo comprende en su complejidad, si no lo alimenta con la devoción y el cuidado que su naturaleza exige, este huésped cósmico emigra sin escrúpulo alguno, sin mirar atrás. Su partida, no obstante, no es estéril; puede dejar una herencia de desasosiego perpetuo, la tragedia de lo que fue y ya no es, el sufrimiento insoportable de la ausencia o un dolor que se ancla en el alma como una cicatriz de fuego.
Es por ello que concebimos al amor en su dualidad, como la más dulce de las mieles y el más amargo de los venenos, una espada de doble filo que es siempre, de algún modo, cruel en su indiferencia. A él nada le concierne más allá de sí mismo. El amor es el amor, con todas sus matrices y estaciones del sentimiento, desde la euforia divina hasta la melancolía más profunda, desde el desapego gélido hasta las patologías pasionales que devoran la razón. En su vastedad y en su misterio, no cabe nada más; es un universo en sí mismo, completo y autónomo.
Su influencia es innegable, un sismo que atraviesa la arquitectura misma de nuestra existencia. El amor afecta, y lo hace con una contundencia irrefutable. Penetra en el diario acontecer, en la rutina más mundana, tiñéndola de matices insospechados. Y lo que es más profundo, impacta directamente en la salud de nuestro espíritu, en la vitalidad de nuestro cuerpo, en la estabilidad de nuestra economía y en la lucidez de nuestra mente. Su eco resuena en cada fibra de nuestro ser, en cada dimensión de nuestra salud y bienestar. Sin su irrigación, la vida misma se marchita, el aliento se torna hueco, y la existencia deviene un mero transitar sin propósito ni fulgor.
Así, en el libre albedrío
de una conciencia despierta, al elegir a esa alma gemela con la que compartir
los abismos y las cumbres, y al cultivar con esmero y atención la vivencia de
un amor correspondido, se sella un pacto trascendente. Una fidelidad no sólo
carnal, sino de espíritus entrelazados, mi amada, mi refugio, mi universo, y
yo, tu amante, tu espejo, tu eco, unidos en esta danza cósmica hasta que el
velo de la muerte disuelva la forma, pero no la esencia de un amor que
trasciende el tiempo, habitando la eternidad.
Como, la noche no hay
nada, solo la verdadera y misma noche.
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