*El Miedo**
Por: Francisco Urrea Pérez
En un rincón del vasto universo de mis pensamientos, una vez se susurró la pregunta: ¿A qué le temes? La interrogante flotó en el aire como una mariposa inquieta, y tras un profundo y prolongado examen de conciencia, respondí que mi miedo se anidaba en esos abismos de la existencia que escapan a nuestro control, en esas sombras que se ciernen sobre lo incierto; es aquel miedo que señala el pulso de lo desconocido y transforma la acción en amenaza, el hecho en ansiedad. Es la bruma que cubre los caminos y oculta las certezas tras un velo de indecisiones.
Y así, con el paso del tiempo, he recorrido distancias insospechadas desde aquella reflexión inicial, adentrándome en el laberinto de mi vida diaria, explorando los matices de mi quehacer y la vastedad de mi entorno. En este viaje, he descubierto que la lista de mis temores, lejos de ser una simple enumeración, se extiende como un océano sin fin, donde cada ola representa una inquietud, una angustia latente.
En esta danza con el miedo, me he visto obligado a interrogarme sobre las raíces de esos sentimientos, cuestionando la esencia misma de su presencia: ¿por qué tantos miedos me acechan? ¿De dónde brotan estas espinas que se clavan en mi ser, impidiéndome avanzar con ligereza?
He sumergido mis pensamientos en la sabiduría de aquellos que han reflexionado antes sobre este fenómeno humano; desde los filósofos que han disectado la condición humana, hasta las religiones que nos enseñan a lidiar con lo inexplicable. He explorado las enseñanzas del arte de la guerra, los ecos de la familia, las normativas de la escuela, la estructura del Estado y mucho más. Con toda esta información, he decidido, sin desestimar la posibilidad de buscar ayuda profesional si el peso se tornara insoportable, que escucharé la voz de mi sentido común en cada encuentro con el monstruo llamado MIEDO. No cabe duda de que cada uno de nosotros es el legítimo propietario de sus propios fantasmas.
Recuerdo el alivio que me provocó una frase escuchada en un momento casual: “Si sientes miedo, hazte acompañar por un perro”. La risa burbujeante que emergió de mi ser fue un destello de ironía y verdad. Quizás, si no puedo enfrentar mis ansiedades por mí mismo, ese “perro” simbólico pueda representarse en algo tangible, un recurso que me ayude a dar la batalla frente a los espectros que me amenazan.
Es curioso, en ocasiones me doy cuenta de que, sin proponérmelo, también puedo infundir miedo en otros, ya sean personas o criaturas. Aquí la sonrisa vuelve a asomarse, y me pregunto qué “perro” llevan consigo aquellos que temen a mi propio reflejo. Esa reflexión me lleva a reconocer que, en realidad, todos los seres vivos experimentamos el eco del miedo, esa noción intrínseca y natural que nos acompaña a lo largo de nuestra travesía. Sin embargo, el arte de provocar miedo requiere una base sólida, un conocimiento de estrategias, de lo contrario, podríamos encontrarnos, irónicamente, enfrentados a nuestros propios generadores de temor.
Entonces, hallo una chispa de esperanza en el reconocimiento de que el miedo puede ser domado. Puedo, de alguna manera, enredar al MIEDO en mis redes de coraje y astucia. Puedo “chicanearlo”, como dicen en algunas tierras, transformando ese pánico que me inunda en un impulso vigoroso que me empuje hacia adelante, enfrentando al agresor o al depredador que amenaza mi ser, siempre manteniendo mi dignidad intacta. Todo ello es cuestión de reacciones ante lo que nos hiere, y en este duelo con lo que perturba, permito que sea el momento el que dicte el juicio.
Así, lo que parece tan sencillo, incluso trivial, se convierte en una tarea monumental. El miedo está ahí, acechándome. La clave radica en actuar, en confrontar lo que me intimida, tomar la iniciativa de enfrentar aquello que me causa desasosiego; y si la necesidad se hace imperiosa, buscaré la compañía de mi "perro" —esa ayuda simbólica— para navegar con valentía las aguas turbias de mis ansiedades.
Por lo tanto, esos innumerables miedos que resuenan en mi interior no necesitan ser catalogados ni siquiera elaborados en interminables manuales de autoayuda. Cada uno de ellos será atendido a su debido tiempo, en las circunstancias apropiadas, cuando la vida me presente, nuevamente, el desafío.
Y así, enfrentaré mis miedos, con una mezcla de curiosidad y determinación, en el arduo camino del ser humano que busca la luz en medio de las sombras.
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