*Por
Francisco Urrea Pérez*
La
muerte, esa enigmática frontera que nos aguarda al final del sendero, ¿será
acaso el último de los pasos, o simplemente el umbral hacia un misterio aún más
profundo?
No puedo hablar de mi propia muerte, pues en este instante, el susurro de la vida todavía resuena en mis venas. Y cuando llegue el momento en que la vida se apague en mí, las palabras se desvanecerán como el eco de un canto lejano. Seré un susurro en el viento, un destello en la memoria de aquellos que me conocieron.
Surge entonces una interrogante que pesa en el alma: ¿hay algún beneficio o diferencia entre el ser que, consciente de su mortalidad, vive en la sombra de la inminente partida y aquel que, en su ignorancia o despreocupación, habita la vida como si la muerte no existiera? ¿Es más sabio el primero, por su conocimiento, o es más libre el segundo, por su aparente desprecio?
Ante la inevitable llegada de la muerte, ¿Cómo se puede evadir su abrazo gélido? El tiempo se desliza como un río incierto, llevándonos a todos en su corriente, recordándonos que somos criaturas mortales, sin importar cuán añosos o jóvenes seamos. Por lo tanto, todo lo que hagamos debe ser gestado bajo esta luz reveladora; viviremos y moriremos, y en ese interludio de existencia, debemos danzar con la certeza de lo efímero, abrazando cada instante como un regalo sagrado.
Si la muerte es una realidad irrefutable, entonces, ¿no debería ser nuestra senda marcada por una previsión de sus consecuencias? Actuar en consecuencia parece ser un imperativo existencial, pero sin permitir que la angustia nos consuma. La vida debe ser vivida con fervor y pasión; nuestras acciones deben ser guiadas por un deseo de hacer bien, de encontrar la belleza en la cotidianidad, mientras mantenemos nuestras vidas en un orden que respete tanto la vida como la inevitable llegada de la muerte.
Me
pregunto: ¿realmente me importa mi propia muerte? ¿Debo compadecerme de mí
mismo ante el destino que me aguarda? La respuesta se encuentra en la recóndita
belleza de mi presente; si permito que la preocupación por el fin empañe la luz
de mi existencia actual, me estaría infligiendo un sufrimiento colosal e
innecesario, una carga que solo entorpecería el vuelo de mi espíritu.
Así,
me inclino ante la fragilidad de la vida, reconociendo en cada sonrisa, cada
lágrima, y cada latido un reflejo de lo divino. En lugar de temer a la muerte,
elijo honrar la vida en toda su complejidad y maravilla; en este viaje
compartido hacia lo desconocido, donde cada paso cuenta, donde cada encuentro
es un hilo en el tapiz de la existencia. Que mi vida sea un canto a la
creación, y que, en mi despedida, encuentre la paz que solo el abrazo de lo
eterno puede ofrecer.
