Desde la inescrutable profundidad del ser, donde la
esencia latente habita, emerge un resplandor. No es mera luz, sino
incandescencia del alma, un alba silenciosa que se desborda y se vierte sobre
la vastedad de mi existencia. Es un abrazo cósmico, una epifanía íntima que
anida en cada fibra, en cada suspiro de mi humanidad efímera y de la envoltura
carnal que me contiene. Un saludo primordial, un pacto sagrado entre el
espíritu etéreo, la conciencia despierta y la materia sensible que me defino en
este plano.
En este instante sacro, mi espíritu, el soplo inmaterial que anima la arcilla, entabla un diálogo ancestral con la carne que me confina y me libera, con el pulso terrestre que me define. Es la comunión de lo etéreo y lo tangible, una reconciliación de dualidades que disuelve las fronteras impuestas por la percepción. Y hasta mi sombra, esa fiel compañera que habita la otra cara de mi luz, hoy abandona su silencio habitual para bailar en júbilo. No es ya un mero velo, sino una extensión vital, una contraparte que se regocija en esta plenitud compartida. Ambas, luz y sombra, se reconocen como facetas indivisibles de un mismo todo existencial, cobijadas por el mismo manto de pura conciencia, revelando que la totalidad de nuestro ser abarca tanto el fulgor como la penumbra.
La voz que resuena en el santuario de mi conciencia, ese susurro primordial que guía mi laberinto interior, es idéntica al eco que mis labios verbalizan para el mundo y para mi propio oído. No hay disonancia; hay una perfecta sintonía entre lo no dicho y lo manifestado, entre el pensamiento puro y la palabra encarnada. Es la autenticidad hecha vibración, la verdad del ser que se revela a sí misma en un ciclo perpetuo de escucha y expresión. Este cénit del ahora, este fragmento de eternidad anclado en el flujo del tiempo, es más que un instante: es una epifanía. Un velo se desgarra, revelando la maravilla del simple ser, la belleza intrínseca de la mera existencia desprovista de artificios.
Al rodearme con mis propios brazos, en un gesto de
reconocimiento y amor incondicional, no solo me aferro a mi forma física; me
fundo con la esencia que me habita, con ese núcleo inmutable que precede y
trasciende la corporalidad. Una misticidad profunda, densa y benévola, me
envuelve entonces. Es una caricia que trasciende lo humano, un consuelo que
evoca la ternura ancestral de un regazo cósmico, el abrazo primigenio de un
Padre-Madre universal que todo lo contiene y todo lo nutre, disolviendo la soledad
inherente a la condición humana en un océano de pertenencia. Y en el corazón de
esta revelación, siento la Presencia. No es una mera convicción, sino una
certeza palpable, el hilo invisible que teje la trama de la existencia. Es el
Gran Hechicero del universo, el Arquitecto silencioso de todas las
posibilidades, la Conciencia primigenia que da forma al vacío y al caos. Es
Aquel a quien me debo en cada latido, a quien me encomiendo no solo en la
lucidez de mis decisiones, sino también en el delirio de mis sueños y el
extravío de mis dudas. En el vasto despliegue de mi camino, en el suspiro
último de mi hora predestinada, sé que esta Presencia divina, este aliento de
lo Absoluto, será mi guía y mi refugio, la luz que persiste más allá de toda
sombra, la irradiación eterna del adentro que se funde con el Todo.
Francisco Hermógenes Urrea Pérez

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