Con el
aliento suspendido en el umbral de lo desconocido, la mente se convoca a sí
misma, no a una cita cualquiera, sino al pacto supremo con el nuevo destino.
Este no es un puerto forjado por manos humanas, ni cincelado por la voluntad;
es un vacío majestuoso, una extensión inmaculada donde la última huella de
nuestra condición se desvanece en la vastedad. Los pasos postreros, cada uno un
eco de la existencia que se disipa, resuena con la urgencia de lo inexorable,
apremiados por el lento, pero implacable, marchitamiento de la anatomía, ese
crisol de carne y huesos que, al fin, debe ceder su efímera forma.
Anida en
el corazón, como una quimera ancestral, la ilusión de un "más allá",
un lienzo en blanco donde pintar la estela de nuestra partida. Es la mente, en
su afán de trascender el abismo, la que urde destinos donde no hay sino un
vasto y sereno vacío. Pues la eternidad, en su esencia más cruda, no es un
reino de luz ni un empíreo celestial: es la nada primordial que se inaugura en
el mismo instante en que la última chispa de la humanidad se extingue. No
seremos arcos divinos ni sombras etéreas errantes; no hay un puerto de partida,
sino el definitivo desgarro del velo, un "nunca más" de existencia
anclada en la materia, un adiós irreversible al hábitat conocido, al palpitar
del mundo que nos ha contenido.
¿Qué
somos entonces, si no la promesa de lo que construiremos para ese entonces,
para esa ausencia de lugar? Un puente se eleva ante nosotros, no de piedra,
sino de conciencia y voluntad, un arco invisible que nos invita a despojarnos
de la vestidura humana, a transmutar el ser en aquello que, con cada aliento
postrero, hemos tejido en el telar de venir. No será una fe ciega la que nos
guía, no; Será una invasión radical de la visión, una mutación del ojo que nos
otea, desde una perspectiva insondable, la que nos revela nuestra nueva
morfología, nuestro nuevo estado del ser.
Porque de
ese lugar fantástico, de ese "más allá" sin cartografía, nada
sabemos. Quedamos, al fin, solos con la vastedad, sin el ancla de un nombre,
sin la certeza de un recuerdo ajeno. Si nadie nos espera en la orilla callada,
si el eco de nuestra voz se pierde en la negra, entonces la soledad primigenia
nos abrazará, un silencio tan denso que casi se palpa, un sin tiempo, una
ausencia de métrica cósmica. Un misterio indecible se desvelará, no como un
velo que cae, sino como una explosión de la nada, y seremos quién sabe qué, una
partícula de conciencia disuelta en el todo, o un eco persistente en el gran
vacío.
Es por
ello que la preparación se tornará un rito sagrado. El "traje" para
esta inmersión en la eternidad no será otro que la piel que fuimos, o el puñado
de polvo cósmico que de nosotros quedamos. Si el señor de la tierra nos acoge,
allí seguiremos, participando de la danza incesante de la materia, abrazando
las mutaciones, las evoluciones o las involuciones que el ciclo impone. Si las
llamas nos devuelven al aire, nuestras cenizas se dispersarán, regresando a la
fuente primera, a ser parte de la nube, del viento, de la lluvia que riega el
destino.
Hasta
aquí, el adiós a la vida. Y desde este punto de no retorno, la bienvenida al
misterio de la eternidad. En ese corte abrupto, en esa hendidura del tiempo, se
yuxtapone un intervalo sagrado de vida, muerte y ese enigma sempiterno que es
la eternidad misma. Ya somos, de algún modo, parte de ese misterio que nos
llama. Pero antes de ser engullidos por él, podemos ahondar, con una
introspección radical, en el deseo último de nuestra alma, en la esencia de lo
que anhelamos ser en esa eternidad.
Independientemente
de lo que sea ese misterio, existe una invitación a degustar la travesía, a
saborear cada instante de ese último puente, antes de la ultratumba. Este
puente no es un mero pasaje; lo es todo. Cruzarlo puede durar siglos, una
eternidad en sí misma, una dilatación del último aliento que se extiende en
percepciones inmensurables. Se comienza a cruzar con el deceso, y desde ese
instante hasta el fin de la travesía, nuestra vivencia se despliega. No se
trata de ocuparse del "más allá" ni del "más acá". El
"más acá" es la vida hasta el último suspiro; el "más allá"
es la muerte hasta la revelación de ese misterio de la eternidad que, en su
esencia más pura, es la vida misma, despojada de sus velos y límites.
Aún
recuerdo el día en que crucé ese puente, aunque entonces no supe que lo hacía.
Flotaba por la calle de las mil voces, la ciudad que era de todos y de nadie, y
de repente, la conciencia de mí mismo se desvaneció, un velo de olvido
descendió. Luego, desperté, no a la vida que conocía, sino a la vida que era el
puente, y empecé a cruzarlo de nuevo. El misterio, la revelación, fue tener
conciencia de mi ser en su estado más puro, una esencia liberada de la forma,
pero plena de existencia.
Así, tuve
la certeza de que la muerte, lejos de ser un fin, es una condición
indispensable que marchita la flor de la vida para que esa flor, con su fugaz
belleza, transmute su esencia en semilla. Y esa semilla, liberada de la prisión
del tiempo y del cuerpo, germina en un mundo palpable no por los sentidos
carnales, sino por la profunda resonancia de la misma existencia. Es el Ser
desarrollado dentro de ese misterio infinito que es la eterna pulsación de la
existencia, un ciclo perpetuo de disolución y renacimiento en la inmensidad del
Todo.
Francisco Hermógenes Urrea Pérez
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