LLEGAR TARDE A LA MUERTE.
Por: Francisco Urrea Pérez.
La existencia humana se despliega como un viaje hacia la plenitud, un sendero que nos recuerda constantemente nuestra fragilidad y la inevitabilidad de la muerte. En este recorrido, cada paso que damos nos acerca a la comprensión de nuestra mortalidad, un conocimiento que, lejos de ser un peso, se convierte en un faro que ilumina nuestras decisiones y acciones. La vida, en su esencia, es un regalo efímero, y cada instante vivido se convierte en un testimonio de nuestra lucha por encontrar significado en un mundo que, a menudo, parece desprovisto de él. Así, al mirar hacia atrás, veo una hilera de soles que han iluminado mis días, cada uno representando momentos de alegría, tristeza, amor y aprendizaje, mientras que hacia adelante solo se vislumbra un sol, el que me acompaña en este presente, recordándome que el tiempo es un recurso limitado.
A medida que me acerco al umbral de lo desconocido, siento una mezcla de serenidad y determinación. No deseo llegar tarde a la muerte, pues he cultivado en mi interior la paz necesaria para aceptar el final de este viaje. Estoy preparado para el llamado que, en algún momento, resonará en mi ser, y no imploro clemencia ni prórrogas. He vivido con intensidad, abrazando cada experiencia, y ahora, en la quietud de mi alma, me encuentro listo para partir. La muerte, lejos de ser un enemigo, se presenta como una amiga que me espera con los brazos abiertos, invitándome a cruzar el umbral hacia lo desconocido, donde la eternidad aguarda.
En
este diálogo silencioso con la muerte, reconozco que mi voz no siempre alcanza
su presencia. No la llamo, porque en el fondo sé que su llegada es inevitable y
que, en el momento preciso, se manifestará ante mí. La vida y la muerte son dos
caras de la misma moneda, y en este entendimiento, encuentro consuelo. Cada día
vivido es un paso más hacia ese encuentro final, y en cada paso, me esfuerzo
por dejar una huella de amor y sabiduría. Así, al llegar a la muerte, no lo
haré con lamentos ni arrepentimientos, sino con la certeza de haber vivido
plenamente, con la esperanza de que mi esencia perdure en los corazones de
aquellos que amé.

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