Desde la inmensidad insondable del Ser, donde la
existencia misma es un eco vibrante en el abismo del no-tiempo, emerge un
anhelo primigenio, un susurro del alma que busca su propia forma. Es la sed de encontrarse
a sí mismo, no como un mero reflejo en el cristal ajeno, sino como la
verdad inalterable que subyace a toda apariencia. Un deseo ardiente de saberse
cierto, de anclar la esencia
volátil en el vasto océano de la realidad, y de mirarse, al fin, no con los
ojos del verdugo interno ni la sentencia de la mirada externa, sino con la
quietud sublime de la ausencia de juicio, esa tregua sagrada que
sana las heridas invisibles y disuelve las cadenas autoimpuestas que lo
incomodan, que lo lapidan, que lo confinan al cadalso de lo que no es.
Clama
por la piedad de una mirada tranquila, un bálsamo para el
espíritu, que no solo se amigue con el yo fragmentado que ha sido, sino que
abrace con ternura radical la totalidad de su ser presente. Una mirada que
concilie el pasado inmutable con el fluir incesante de su actualidad, aceptando
cada pliegue, cada sombra, cada cicatriz como un mapa estelar de su propia
travesía.
Anhela ser, en la plenitud de su
manifestación, en la coordenada exacta de un espacio, un tiempo y un lugar, la
absoluta certidumbre de lo que verdaderamente es. No la proyección de los
deseos ajenos, ni la máscara impuesta por la sociedad, sino la desnuda y
vulnerable autenticidad que resuena con la melodía originaria de su espíritu,
el grito silencioso de la esencia que pugna por romper sus barrotes.
Y
en esta epopeya íntima, se desvela la paradoja existencial más
profunda: la urgencia ineludible de ser, de afirmarse, de dejar una impronta en
el telar cósmico, frente a la sabiduría primordial del no-ser, de la
potencialidad infinita, del vacío matricial de donde todo emana ya donde todo
retorna. Es en medio de este vaivén perpetuo, en el aliento suspendido entre la
disolución y la manifestación, donde finalmente se gesta la revelación. Ya no
es una búsqueda frenética, sino una rendición gozosa: ser,
como es, en su gloriosa e imperfecta unicidad, y, en un acto de
suprema trascendencia, aceptarse como tal. Abrazar el caos y la
armonía, la luz y la sombra, lo efímero y lo eterno que coexisten en su
interior.
El
paso de los años por la efímera vasija de su cuerpo deviene, entonces, un mero
hecho, un trazo más en el lienzo inevitable del tiempo, la alquimia visible de
la experiencia grabada en la piel. Pero más allá de esta epidermis perecedera,
late sin cesar la conciencia. Una conciencia de que,
lejos de la inocente ignorancia, se alza, vigía insomne, ante la marea
ineludible de su propia finitud. Cada tic-tac del reloj, cada amanecer y cada
ocaso, no son meros instantes que se desvanecen, sino pasos en una carrera
silenciosa, un peregrinaje incesante hacia el umbral de lo desconocido, ese definitivo
encuentro con su propia disolución. Es el eco de la
eternidad llamando al retorno, la promesa ineludible de que, al final de este
viaje terrestre, el ser, despojado de toda contingencia, se diluirá, no en la
nada, sino en la vastedad primigenia de donde una vez, milagrosamente, surgió.
Francisco Hermógenes Urrea Pérez
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