En la brillante duna de mi ser,
donde el desierto no es más que la metáfora de un alma que se expande hacia su
propio infinito, la soledad se despliega, no como un vacío, sino como un lienzo
primigenio esperando la impronta del cosmos interior. Allí, una llama interior,
más antigua que el tiempo, un faro ancestral, ilumina los senderos de mi
errancia existencial. Este espacio, un santuario de silencios resonantes y
anhelos insondables, se transmuta en mi paraíso personal, un jardín etéreo que
cultivo con cada susurro del viento que me trae ecos de lo vivido y vislumbres
de lo por venir. La vida, en esta revelación íntima, se percibe como una odisea
inconclusa, un río caudaloso donde cada instante es un trazo de color efímero,
un pigmento sutil en la tela aún inacabada de mi esencia. El río de Cronos
discurre inexorable, y aunque ignora la medida de las arenas que aún me
descansan en este reloj de arena cósmico, cada paso ha sido una danza con el
ser, una huella profunda en el sendero. Ahora, solo me guarda el umbral, el puente
hacia el no-tiempo, una promesa de fusión con la eternidad, un reposo del alma
en la inmensidad que trasciende toda cronología, donde la paz no es un
concepto, sino una vibración primordial.
En esta incesante odisea del espíritu, donde la verdad se
esconde tras los velos de lo aparente, me rodeo de extensiones de mi alma que
me permiten sondear más allá de lo tangible. Los telescopios y catalejos se
convierten en llaves a los dominios del infinito, ventanas hacia el abismo
estelar, tapiz de nebulosas y galaxias danzantes, donde, en ese tiempo sin
tiempo, mi conciencia presente su verdadera morada, su origen y su destino. Las
cámaras fotográficas, por su parte, no solo capturan la luz efímera, sino que
realizan una alquimia sutil, para destilar la esencia inmortal de lo que amé,
congelando instantes que se niegan a sucumbir a la vorágine de la fugacidad. Y
es en la escritura, en el más íntimo de los rituales, donde encuentro la voz de
mi ser más profundo, un diálogo trascendente con mis sueños, mis pasiones y mis
más oscuras quimeras. Cada palabra es un eco de mis vivencias más profundas, un
reflejo destilado de mis amores y mis lúcidos delirios, mientras los veleros de
tinta líquida de mis pensamientos navegan por los archipiélagos de la memoria,
sus velas henchidas con el aliento de los sueños olvidados y los amores que se
niegan a perecer.
Mas la sinfonía de la existencia a veces desafina, y la ausencia
de los que han cruzado el velo pesa en el corazón como una sombra persistente.
La tristeza por Silverio, mi compañero alado cuya melodía se truncó, y Dasha,
su compañera de vuelos invisibles que aún revolotean en el confín de mi
percepción, se entrelaza con mis paseos solitarios por la ciudad. Las calles,
antes vibrantes, ahora resuenan como un laberinto de concreto y cristal, vacío
de su alegría, un escenario mudo donde solo mis pasos, ecos de innumerables
travesías, se atreven a resonar. Las memorias desordenadas, retazos de un
mosaico onírico, brillan con una luz melancólica en el espejo de obsidiana de
mi mano. En esos momentos de introspección profunda, se revela la verdad
inmutable: la vida es un perpetuo vaivén de arribos y despedidas, un ciclo
cósmico de efímeras uniones y separaciones necesarias. Y aunque la distancia se
erija como un abismo entre lo que fue y lo que es, el amor, en su esencia más
pura, y la belleza de lo vivido no se desvanecen. Permanecen, inmutables, como
un sol primigenio, dibujado con la inocencia de un alma eterna, que irradia
desde el firmamento inmutable de mi propio ser, prometiendo que lo que se ama
verdaderamente, jamás se olvida.
Francisco Hermógenes Urrea Pérez

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