
En esos escenarios
increados, la geografía no obedece a la materia. Allí se extienden los puertos
del silencio, muelles de niebla donde las posibilidades aguardan como barcos
que nunca han tocado el agua. Son estancias abiertas a los desconfines,
donde los abismos no caen hacia abajo, sino hacia dentro, hacia una profundidad
que no tiene nombre porque aún no ha sido mirada por ojos mortales.
Dios camina por
los mares revoltosos del Caos, donde las olas son pura potencia,
espumas de mundos que podrían ser y no son. Y, sin embargo, en esa
magnificencia de cielos sin estrellas y destinos sin dueños, hay un peso
sagrado, una gravitación de melancolía divina. Dios, en su omnipotencia, se
sabe expandido en cada átomo de lo que existe, pero esa expansión es también
una forma de dispersión. Por eso, busca el recogimiento.
En medio de
esa grandeza inabarcable, ocurre el milagro de la contracción: el Creador
de los puertos increados descubre la humanidad del hombre. Encuentra que,
en la pequeña vasija de nuestra existencia, en ese breve espacio entre un
latido y otro, hay una calidez que no poseen las galaxias. Se siente a gusto en
nuestra finitud; descansa de su propia eternidad en el rincón humilde de
nuestra conciencia.
Yo, que observo el
despliegue de su obra, decido entonces emular su morada. No huyo de mi
aislamiento, sino que lo consagro. Mi soledad se vuelve una patria especular
donde el cielo y el abismo se tocan. En el silencio de mi alcoba, mi lecho
alado se desprende de la tierra y flota sobre esos mismos mares pacíficos
que Él recorre. Ya no hay distancia entre Su soledad y la mía; habitamos el
mismo templo de lo invisible, donde ser humano es, finalmente, ofrecerle a Dios
el único refugio donde Él puede dejar de ser el Todo para ser, simplemente,
Presencia.
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