LA CARTOGRAFÍA DEL ABISMO- Francisco Urrea Pérez


No existe compás, ni clepsidra, ni vuelo de pensamiento que logre rozar siquiera el centro de esa Soledad Primera. Antes de que el verbo fuera pronunciado, Dios ya habitaba su propia patria: un estado de quietud tan vasto que el infinito parece, a su lado, una habitación estrecha. Es la soledad de quien es, al mismo tiempo, el náufrago, el océano y el horizonte.

En esos escenarios increados, la geografía no obedece a la materia. Allí se extienden los puertos del silencio, muelles de niebla donde las posibilidades aguardan como barcos que nunca han tocado el agua. Son estancias abiertas a los desconfines, donde los abismos no caen hacia abajo, sino hacia dentro, hacia una profundidad que no tiene nombre porque aún no ha sido mirada por ojos mortales.

Dios camina por los mares revoltosos del Caos, donde las olas son pura potencia, espumas de mundos que podrían ser y no son. Y, sin embargo, en esa magnificencia de cielos sin estrellas y destinos sin dueños, hay un peso sagrado, una gravitación de melancolía divina. Dios, en su omnipotencia, se sabe expandido en cada átomo de lo que existe, pero esa expansión es también una forma de dispersión. Por eso, busca el recogimiento.

En medio de esa grandeza inabarcable, ocurre el milagro de la contracción: el Creador de los puertos increados descubre la humanidad del hombre. Encuentra que, en la pequeña vasija de nuestra existencia, en ese breve espacio entre un latido y otro, hay una calidez que no poseen las galaxias. Se siente a gusto en nuestra finitud; descansa de su propia eternidad en el rincón humilde de nuestra conciencia.

Yo, que observo el despliegue de su obra, decido entonces emular su morada. No huyo de mi aislamiento, sino que lo consagro. Mi soledad se vuelve una patria especular donde el cielo y el abismo se tocan. En el silencio de mi alcoba, mi lecho alado se desprende de la tierra y flota sobre esos mismos mares pacíficos que Él recorre. Ya no hay distancia entre Su soledad y la mía; habitamos el mismo templo de lo invisible, donde ser humano es, finalmente, ofrecerle a Dios el único refugio donde Él puede dejar de ser el Todo para ser, simplemente, Presencia.



 

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